Hay partidos que se explican desde la lógica. Y hay otros, como el que vivió River en Venezuela, que quedan guardados directamente en el rincón de las noches imposibles. Lo que parecía una victoria tranquila frente a un Carabobo claramente inferior terminó convirtiéndose en una película cargada de tensión, locura y épica. Un partido donde hubo un defensor atajando, un técnico dentro de la cancha, un penal errado, otro cometido y un gol agónico que puede valer muchísimo más que tres puntos.
River terminó ganando 2-1 sobre la hora y dio un paso enorme rumbo a los octavos de final de la Copa Sudamericana, pero lo hizo sufriendo como nadie imaginaba.
El equipo alternativo que armó Eduardo Coudet —pensando también en el duelo del domingo ante San Lorenzo— arrancó con intensidad y tratando de imponer condiciones desde la presión alta. Sin embargo, ese dominio fue perdiendo fuerza con el correr de los minutos.
Y el primer golpe emocional llegó rápido: Juan Fernando Quintero desperdició un penal que podía cambiar completamente el partido. El colombiano pateó débil y Lucas Bruera, figura del conjunto venezolano, logró evitar el gol.
Aun sin brillo, River encontró la ventaja gracias a un impecable cabezazo de Maximiliano Meza, tras un centro perfecto de Juanfer. Parecía que el partido finalmente se acomodaba. Pero el Millonario volvió a complicarse solo.
Primero, una imprudencia de Juan Cruz Meza terminó en penal para Carabobo. El argentino Matías Núñez no falló y puso el inesperado 1-1.
Y cuando todavía River intentaba reordenarse, llegó el momento más insólito de la noche: la expulsión de Santiago Beltrán.
Sin cambios disponibles, el equipo quedó obligado a improvisar. Mientras Coudet daba indicaciones desde la línea y el desconcierto dominaba la escena, el elegido para ponerse el buzo de arquero fue nada menos que Matías Viña.
Con el defensor bajo los tres palos y Carabobo empujando, el empate parecía negocio. Sobre todo porque Bragantino goleaba en Bolivia y se acercaba peligrosamente en la tabla del Grupo H. Sin embargo, River encontró una última vida en el descuento.
Facundo González metió un pase perfecto, Bruera salió desesperado y apareció Maxi Salas, que incluso había sido uno de los que se ofreció para atajar tras la expulsión de Beltrán. El delantero la pinchó con enorme categoría y desató un festejo descontrolado entre jugadores, suplentes, cuerpo técnico y utileros.
Fue una victoria sufrida, desprolija y completamente fuera de libreto. Pero también una de esas noches que suelen fortalecer grupos y construir carácter.
River no jugó bien durante gran parte del encuentro. Pero terminó llevándose algo que quizás pese mucho más que el funcionamiento: una muestra de personalidad en medio del caos absoluto.