Rosario Central sigue mostrando evolución en su juego, aunque todavía arrastra una falla que se repite: no logra cerrar los partidos. El 1-1 ante Aldosivi en Mar del Plata, con un gol recibido en el tramo final, dejó la misma sensación que en el debut frente a Belgrano. El equipo progresa, compite mejor y elige cuándo acelerar, pero los detalles le siguen costando puntos que parecían asegurados.
El arranque fue perfecto para el conjunto de Almirón. A los 4 minutos, Ángel Di María metió un pase quirúrgico para Ovando, que definió con precisión para el 1-0 bajo un calor sofocante. Central se adueñó del ritmo del partido y jugó con autoridad. Durante gran parte del primer tiempo sostuvo una postura ofensiva y generó chances claras para ampliar la ventaja, siempre con Di María como faro futbolístico. El segundo gol estuvo cerca, pero entre la falta de puntería y las respuestas de Werner, no llegó.
El problema fue no liquidarlo. En el complemento, el desgaste físico llevó al Canalla a retroceder metros. Apostó al orden defensivo y al contragolpe, cediendo la pelota pero sin sufrir demasiado. Aldosivi manejó la posesión sin profundidad, y parecía que Central tenía el partido bajo control. Sin embargo, el fútbol castiga cuando se perdona.
A los 42 del segundo tiempo llegó el golpe. Centro de Zalazar y definición brillante de Nicolás Cordero, que la bajó de pecho y cruzó el remate para el 1-1. Un golazo que silenció a Central y reavivó un problema que empieza a transformarse en patrón: la dificultad para sostener ventajas en los minutos finales.
El empate deja una advertencia clara. Central crece, ya no es un equipo apurado ni desordenado, y muestra rasgos de conjunto serio. Pero si quiere dar el salto y convertirse en un equipo protagonista, necesita aprender a cerrar los partidos. Porque competir bien ya no alcanza: hay que saber ganar.